jueves, 4 de octubre de 2007

San Josemaría, el santo de lo ordinario

El próximo día 6 de octubre la Iglesia celebrará el 5º aniversario de la canonización en la Plaza de san Pedro de Roma, del sacerdote español, fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer.
A veces nos preguntamos por el fin de la Iglesia, uno de los muchos fines es llevar a mucha gente a contemplar la gloria de Dios, conseguir la santidad. Si agarramos un calendario, veremos la cantidad de personas, de toda condición: casados, solteros, sacerdotes, religiosos, madres de familia, etc. que han alcanzado la santidad: Santa Mónica, San Agustín, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Francisco de Asís, Santo Domingo, San Ignacio de Loyola, Santa Edit Stein, San Maximiliano, el padre Pío, etc. Son santos que la Iglesia ha reconocido que alcanzaron la santidad. Pero también hay personas en el cielo, la mayoría, que son santos y contemplan el rostro de Dios, pero la Iglesia no se ha manifestado. Estos últimos son los que no aparecen en el calendario. Podríamos decir que las personas que han alcanzado la santidad son las joyas y la corona de la Iglesia.
Si nos fijamos un poco, a cada santo le encomendamos una necesidad particular: san Antonio, encontrar pareja; san Cristóbal, los viajes; san Antonio abad, los animales; san Pancracio, el dinero; san Blas, las enfermedades de la garganta; etc. Como decía Juan Pablo II el día siguiente de la canonización: “San Josemaría elegido por el Señor para anunciar la llamada a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario”. Al leer los favores que concede a las personas que le invocan, se encuentra de todo: acercarse a los sacramentos, curación de una enfermedad, obtener el carné de conducir, encontrar trabajo, arreglar una situación familiar, etc. Porque la Obra que fundó san Josemaría se fundamenta en santificar lo ordinario: el trabajo profesional y los deberes del cristiano.
Cuando tenía 14 años tuve que emigrar con mis padres a Cataluña. Como pasa a los chavales de esa edad, decidí dejar de estudiar porque prefería trabajar. Busqué trabajo en varias empresas, no había manera. Por fin, encontré en un matadero de aves. Como no tenía estudios, mi trabajo en la empresa era de aprendiz, lo mismo mataba pollos, que extraía las heces de las aves, o cargaba camiones de pollos para repartirlos por los mercados.
En la época de vacaciones cuando venía a Jaén, jamás se me ocurría decir a mis camaradas que yo trabajaba en un matadero de aves, me daba vergüenza que mis amigos del pueblo supieran dónde ocupaba mi tiempo de 6 a 14:30 horas de lunes a sábado. Yo les decía que trabajaba en una fábrica de hilo.
Un día en Tarragona, un amigo me invitó a una conferencia que impartía un sacerdote. Éste habló del trabajo, decía que los hombres están en la tierra para trabajar, que trabajando se da gloria a Dios. Continuaba diciendo que todos los trabajos, a los ojos de Dios, son iguales, que Dios lo que mira es el amor con el que se hace esa actividad. Decía que el trabajo es como un regalo que se hace a nuestra madre, incluso después de envolverlo le pones un lazo a la caja. A mí se me abrieron unos ojos como platos. Mi trabajo en el matadero de aves me servía para santificarme, que lo importante es el amor con el que se hacía el trabajo. “Me escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña –la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristina- pela patatas. Aparentemente –piensas- su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta la diferencia! –Es verdad: antes “sólo” pelaba patatas, ahora, se está santificando pelando patatas”. (Surco 498)
Este es el mensaje que san Josemaría comenzó a difundir en los años 20 del pasado siglo, que después en los años 60 ratificaría el Concilio Vaticano II. El trabajo es un medio para nuestra santificación. “El trabajo es la vocación inicial del hombre, es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo. El Señor, el mejor de los padres, colocó al primer hombre en el Paraíso, “ut opereretur” – para que trabajara”. (Surco 482) “Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de los hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia”. Concilio Vaticano II. Gaudium et spes. Actividad humana en el mundo.
Son muchas las personas, de la Obra y no de la Obra, que siguen el espíritu de san Josemaría en todo el mundo, porque es el santo de lo ordinario.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

En primer lugar te doy la enhorabuena por la nueva imagen del blog, después comentar que para escribir hay que tener facilidad de palabra y una buena ortografia, que no es facil.
Sobre San Josemaría comentar lo dificil que es poder en esta sociedad que nos ha tocado vivir mantener la calma.
No poder revelarse a las injusticias, tener paciencia ante la impotencia de una enfermendad grave de algún familiar querido ó simplemente no poder darle a los tuyos aquello que te piden.Por todos estos motivos más los que me dejo sin comentar me parece que ser SANTO en estos ultimos 50 años es cosa de unos pocos elegidos.

Un abrazo.

cambiaelmundo dijo...

Felicidades por la fecha de hoy y por el artículo. En cuanto a lo que apunta el comentario anónimo, me gustaría decir que Dios nos manda luchar, no nos manda vencer, y que nos ayuda a que con sólo luchar venzamos. Claro que es difícil, ya lo dijo San Josemaría, que es más fácil ser sabio que santo; pero es todos podemos ser santos y sólo unos pocos pueden ser sabios. Así que, adelante.